Opinión

Un nuevo equilibrio

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Los superávits presupuestarios excesivos actúan en contra del crecimiento de una zona económica; un aumento de las inversiones beneficiaría a todos los países del euro

Los países europeos con superávit deben invertir para contribuir al crecimiento. El último informe del Banco de Pagos Internacionales (BPI) ofrece una interpretación ortodoxa de la situación fiscal y monetaria de la eurozona, congruente con las posiciones de la institución (un “banco de bancos centrales”) y con las posiciones dominantes en su consejo. Sin embargo, más allá de la lógica y razonable inquietud por la evolución de la deuda y de las advertencias, también muy puestas en razón, acerca de la creciente competencia que las plataformas tecnológicas hacen al sistema bancario convencional, el BIP ha recordado otro de los grandes desequilibrios en el funcionamiento de la economía europea que tiende a olvidarse con facilidad y que, sin embargo, es la clave de la prosperidad de la eurozona: los países con margen fiscal deben aumentar sus inversiones con el fin de conseguir un equilibrio entre las políticas fiscal y monetaria de la Unión Europea, equilibrio que ahora brilla por su ausencia.

La advertencia no es nueva, resucita cada cierto tiempo, pero los Gobiernos europeos que con tanto énfasis reclaman rigor presupuestario y cuidado con la deuda pública suelen mirar para otro lado cuando se les recuerda, como en este caso, que hay margen para la política fiscal. Cuando los Gobiernos de Alemania, Países Bajos o Dinamarca crujen los dientes ante las políticas monetarias heterodoxas de Draghi, harían bien en recordar que los superávits presupuestarios excesivos actúan en contra del crecimiento de una zona económica. No tiene sentido, ni cuando se reclamaron ajustes salvajes a países como Grecia, Portugal o Irlanda, que una economía como la alemana, con un superávit amplio de sus cuentas públicas, se mantenga en una política de contención del gasto, cuando es evidente, incluso para los políticos más legos, que un aumento de sus inversiones públicas supondría un beneficio para todos los países de la eurozona.

Nadie en su sano juicio, y eso acaba de recordarlo también el BPI, confiaría la política económica de la eurozona solo a la política monetaria. Y no sólo porque su eficacia disminuye con el tiempo, hasta el punto de que el Banco Central Europeo de Lagarde tendrá que actuar con una delicadeza extrema para mantener los estímulos, pero no durante demasiado tiempo, a la vez que reconduce, también con precisión de neurocirujano, los tipos de interés mediante subidas indoloras para los mercados, sino porque la política fiscal es la más adecuada para corregir los estragos sociales causados por la crisis y porque ese es el mandato político de los electores en algunos países de la Unión. La situación económica y política europea demanda un nuevo equilibrio entre la acción presupuestaria y la monetaria.

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