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Trump aplaude en la Casa Blanca la política xenófoba del húngaro Orban

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El presidente de EE UU felicita a su invitado por ser «un buen miembro de la OTAN» y «mantener el país seguro», en alusión a su freno a la inmigración

Viktor Orban llevaba más de 20 años esperando a que lo volviera a recibir un presidente de EE UU pero la paciencia ha dado sus frutos. Ayer Donald Trump lo acogió con más cariño del que nunca profesó a la canciller alemana, Angela Merkel, sin regatear superlativos para el líder de un país «muy respetado en toda Europa», mintió. «Probablemente un poco controvertido, como yo, pero eso está bien».

A diferencia de Emmanuel Macron o Theresa May, Orban no necesitó fingir sonrisas ni humillarse con falsa complacencia ante el presidente de EE UU. En este caso la sintonía es genuina y el húngaro, representante de un país que ni siquiera había sido invitado a la Casa Blanca desde 2005, puede permitirse pisar con fuerza y tratar al estadounidense de tú a tú. «Y no os olvidéis de que es un miembro de la OTAN, un muy buen miembro de la OTAN», le defendió Trump ante los periodistas.

LA CLAVE«Lo vamos a pasar bien».
Orban es «Trump antes de que existiera Trump», dijo de él el arquitecto electoralSteve Bannon

Ese «buen miembro de la OTAN» ha bloqueado la cooperación de la organización con Ucrania, ha impedido la extradición de dos traficantes de armas rusos que comerciaban con los narcotraficantes mexicanos, ha expulsado de su territorio la universidad del filántropo estadounidense George Soros y ha desatado el revisionismo antisemita del holocausto nazi, por nombrar algunas de sus hazañas.

Dado el contexto, los asesores de la Casa Blanca habían pedido a Trump que fuese comedido en los halagos que prodigaba a un xenófobo sin complejos que ha agujereado la democracia de su país desde dentro. Eso, quizás, sirvió para que el presidente de EE UU dedicara más tiempo a hablar de la guerra comercial con China, pero no impidió que le felicitase por «el buen trabajo» que ha hecho en su país «manteniéndolo seguro». Al fin y al cabo Orban es solo uno más en la lista de tiranos que le atraen, desde Rodrigo Duterte en Filipinas, el príncipe Mohamed bin Salmán de Arabia Saudí, el presidente egipcio Abdelfatah el-Sisi, el turco Recep Tayyip Erdogan o el norcoreano Kim Jong-un. No cabe duda de que bajo el Gobierno de Trump la geografía de las alianzas extranjeras de EE UU ha experimentado un cambio radical, que ya no se alinea con los valores democráticos de los que siempre ha presumido el país.

Maquiavélico y brillante

De entre todos, Orban puede ser el que más ha tardado en llegar hasta él, pero no por estar más lejos. Steve Bannon, arquitecto electoral de Trump encargado de reproducir el éxito nacionalista y populista en Europa, ha dicho con admiración que el húngaro era «Trump antes de que existiera Trump». Se le considera un político maquiavélico pero brillante que ha sido capaz de sacar adelante las reformas constitucionales que le permiten tener un país a su imagen y semejanza. Mientras otros se llevan las manos a la cabeza ante el desmantelamiento de las instituciones democráticas, el embajador de Trump en Hungría, David Cornstein, viejo amigo suyo, no ha tenido reparos en admitir que «ya le gustaría a Trump tener lo que él tiene».

A Trump y Orban les une, sobre todo, «la lucha contra la inmigración ilegal y la protección de la comunidad cristiana alrededor del mundo», dijo el húngaro con orgullo. «Nos los vamos a pasar muy bien», le secundó Trump.

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