Opinión

Pablo Iglesias: la conspiración

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El complot de la policía patriótica es una vergüenza, pero no explica la caída sin frenos de Podemos

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La salubridad de una democracia tanto se expresa en el brillo de las instituciones como en la oscuridad de las alcantarillas. Y resulta que las cloacas españolas las ocupa sistemáticamente el instinto carroñero de Villarejo. Ninguna trama digna de prestigio -de Corinna al BBVA, de Garzón al CNI- puede homologarse sin la extorsión del ubicuo excomisario.

Es el caso de la policía patriótica y del complot que urdió el ex ministro Fernández Díaz en el escrutinio de Pablo Iglesias. El Estado perdió el honor para airear las vergüenzas del líder de Podemos. Una intriga nauseabunda que delata los modales infectos del PP y que Iglesias aspira a transformar en el pretexto de su propio deterioro político.

Acierta Iglesias cuando denuncia la perversión y degradación delictiva de la policía patriótica, pero se equivoca cuando la utiliza de pantalla para sustraerse a la gestión negligente y cesarista del quinquenio. Cesarista quiere decir que la concepción autoritaria y carismática del partido contradice la expectativa coral de un movimiento asambleario. Iglesias ha sido la virtud y el límite del partido. Le ha dado la vida y la muerte. Por eso le conviene ahora exagerar las maniobras de escapismo, tanto para declararse como víctima del Estado paralelo como para denunciar la conspiración del IBEX o el tratamiento discriminatorio con que supuestamente lo castiga el imperio televisivo.

Tendría más credibilidad el ejercicio de victimismo si no fuera porque Iglesias no hace otra cosa que aparecer en los platós de Mediaset y de Atresmedia. De Piqueras a El hormiguero, de La Sexta a la primera, el líder de Podemos incurre en la misma sobrexposición mediática que lo había carbonizado antes de emprender el heroico permiso de paternidad.

Podemos se ha convertido en un partido gregario y descompuesto. No hace falta buscar en las conjuras extemporáneas las razones de la endogamia ni la corrosión del hiperliderazgo, entre otras razones porque ni siquiera Iglesias era un enemigo de Mariano Rajoy. Más bien era un aliado, un socio coyuntural y necesario en el ardid común de la demolición del PSOE. Iglesias aspiraba al sorpasso. Confraternizaba con el PP en la iniciativa contraproducente de evacuar a Sánchez.

La estrategia común, la pinza, no disculpa en absoluto la distorsión policial que maquinó Fernández Díaz. Tiene delante de sí el ex ministro del interior un escenario judicial sombrío. Ha movilizado sus recursos y sus contactos para colocarse en las listas europeas del PP. Y no por entusiasmo comunitario, sino como subterfugio para aforarse y exiliarse. Es una concepción degradante, desesperante, utilitarista, de los comicios europeos, pero Casado ha optado por excluirlo. El líder de la sonrisa blanca no podía heredar hedor de las cloacas.

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