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«Nos estamos convirtiendo en un país de flaquitos»

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Cinco venezolanos relatan sus penurias para sobrevivir a una crisis a la que no ven salida y que ha puesto fin a prósperos negocios industriales

El diagnóstico es devastador. Venezuela contaba hace dos décadas, coincidiendo con la ascensión del chavismo al poder, con 20.000 grandes industrias manufactureras, de las que hoy apenas sobrevive una décima parte. De ellas, seiscientas fueron expropiadas por el Gobierno y hoy no producen nada. Son datos de la Federación de Cámaras, que mira con nostalgia los tiempos en que las cadenas de producción tenían tres turnos diarios, siete días a la semana. En un sistema donde el despido está prohibido, los precios están controlados, no hay materias primas ni disponibilidad de dólares, el industrial recurre al mercado paralelo y los costes se disparan.

El resultado son cierres en cascada, quiebras inauditas de empresas que pasaban por las más prósperas del continente. Y una inflación galopante. El problema no es el dinero que los ciudadanos se llevan a casa, sino su pérdida de valor. Los precios suben, al día, un 3,5%, y el venezolano, en modo supervivencia, destina el 80% de lo que gana a alimentación. EL CORREO ha querido conocer de cerca el drama que atenaza a la población a través del testimonio desgarrador de cinco venezolanos, víctimas de un sistema desquiciado que surge de la incertidumbre más absoluta.

 

Yilmer Moncada. Repara cilindros hidráulicos

«Pasamos el día sentados, mirándonos las caras»

Hace siete años, la fábrica de cilindros hidráulicos y cromoduro donde trabaja Yilmer tenía 40 trabajadores. «Cada día levantabas la persiana y había una cola de diez o quince clientes esperando a que les atendieses. Eran veinticinco encargos diarios y cobrábamos horas extraordinarias, porque la carga de trabajo era enorme. De ocho de la mañana a ocho de la tarde, sin parar». Ahora quedan 18 empleados, a las cuatro y media de la tarde ya están en la calle y, lo que es peor: «Nos pasamos todo el día mirándonos las caras». No exagera. Desde el pasado 21 de enero, cuando volvieron de las vacaciones de Navidad, han tenido quince pedidos, «la mitad de los que recibías antes un día cualquiera», relata mientras pasa del torno a la rectificadora cilíndrica. Este operario, de 42 años, casado y con dos hijos, asegura que él y sus compañeros han perdido «dos tallas» en cuestión de meses.

«Nos estamos convirtiendo en un país de flaquitos», suspira. Y eso que él es un afortunado: antes todos sus compañeros tenían carro y ahora él es el único que va a trabajar en su coche. «Vivo en una inquietud permanente de perder el empleo, de que todo se vaya al carajo». Pero no pierde la esperanza. Sueña con dar a sus críos una educación en condiciones, aunque, de momento, «bastante» tiene «con sobrevivir».

Óscar García. Dueño de una empresa de reciclaje

«Me han robado cuatro veces en tres meses»

Nadie podrá negar que Óscar es un tipo bravo. El año pasado protagonizó una huelga de hambre por la penuria en que estaban sus trabajadores, a quienes las continuas revalorizaciones de los sueldos -46 en los últimos años- no bastaban para sacar de la miseria por la escalada de precios. Su caso salió en los periódicos y aún se emociona al recordarlo. «Llegué a tener 14 empleados, cambiaba de coche cada dos años, llevaba a mi mujer a cenar una vez a la semana, mandé a mis hijos a estudiar a EE UU…». La vida le sonreía. Hasta su pequeña pertenecía al equipo olímpico de natación sincronizada.

Ahora todo ha dado un vuelco. La empresa de reciclaje de plásticos y cartones que levantó con esfuerzo lleva cuatro meses sin apuntar un solo ingreso. Tampoco le entra materia prima porque la industria está parada y no desecha nada, ni puede dar salida a las 40 toneladas de materiales procesados, un stock que guarda en una nave alquilada que debe pagar en dólares. «No duermo por las noches, pensando en cómo ahorrar hasta con el dentífrico». Un vértigo constante agravado por los cuatro robos en el galpón (almacén) que ha sufrido en apenas tres meses. Son ocho hermanos -«uno trabajó en La Naval de Sestao», desliza con una sonrisa- y seis han emigrado. «He perdido mi empresa y mis hijos han tenido que emigrar para buscarse la vida. Hasta mi mamá se ha marchado. Nunca imaginé que acabaría dependiendo de ellos».

Ramón Sanz. Cerró su fábrica de troqueles y matrices.

«Vivo angustiado, las máquinas acumulan polvo»

A Ramón le engendraron en España, pero vio la luz en Venezuela, mientras su familia buscaba refugio en una barraca infame. Ahora tiene 68 años y una empresa de troqueles y matrices que hasta hace bien poco era exitosa y había atrapado la atención de los norteamericanos. Fabricaba componentes del chasis de un jeep norteamericano, el 'Hummer', a un precio sin competencia. Le iba muy bien hasta que Sidor, su principal abastecedor de hierro, empezó a vender a firmas chinas y rusas, dejando a Ramón y a muchos como él entrampados. «La situación es dramática. Las cadenas de montaje han cerrado y la construcción está paralizada, porque no llega cemento ni ferralla».

Llegó a emplear a 45 personas. «Ahora no me queda ni uno, y la maquinaria de última generación en la que invertí todo mi dinero está cubierta con plásticos porque no me puedo permitir el lujo de arrancarla. No hay materias primas, no tengo clientes, la gente que había formado -entre ellos, cuatro de mis cinco hijos- se han ido fuera. Cada mañana me despierto con la esperanza de que esto se resuelva, pero dónde voy si todos a los que adiestré, personal cualificado, han abandonado el país».

Víctor Acosta. Encargado de un taller mecánico.

«Hay que tener valor para no pegarse un tiro»

A Víctor, 56 años, no le falta trabajo. El taller donde trabaja tiene cinco empleados, «la mitad que hace un par de años», pero todavía se puede sacar limpios 280.000 bolívares (unos 50 euros) al mes. Aunque el sueldo varía: hay semanas que se frota las manos, cuando toca arreglar la cámara de un motor o instalar los amortiguadores a un coche; otras, por el contrario, sólo ponen pastillas de freno o cambian aceite y se deciden al límite de la campana. «La situación del país es tan apurada -explica- que los propios policías vienen al taller a que les regale el aceite usado que he retirado a otros coches porque ellos no tienen recursos». Ver para creer.

«El país se halla en una situación crítica», reconoce este hombre que se define como revolucionario y que militó en las filas del chavismo, pero que ya no está «para vainas». ¿Hay solución? «Claro que sí -contesta-. Cuando salga Maduro, que ha traído mucha discordia». Tiene tres hijos varones, a todos les ha dado estudios y, cómo no, trabajan fuera. «No quiero ni imaginarme tenerlos ahora de pequeños», confiesa. «En Venezuela, hay que tener valor para no pegarse un tiro. Me levanto cada mañana y le doy gracias a Dios por estar vivo». No es para menos. Han sufrido varios robos. «Y la última vez fui yo mismo quien tuvo que repeler a los asaltantes», recuerda.

Andrés García Tendero

«Pierdo dinero cada día que vengo a trabajar»

Andrés es odontólogo, pero no tardó en comprender que la única forma de juntar unos bolívares era poniéndose detrás del mostrador de un abasto. Coca-Colas, mayonesa, chetos, pasta, arroz… la mitad de las estanterías están vacías por culpa de la inflación. «Fíjese en este paquete de cigarrillos 'Belmont' -ilustra al periodista-. Me costó 3.000 bolívares hace una semana y con la actualización de precios se ha puesto en 5.000. Eso significa que perdí la mitad del valor a cada cajetilla». Otro motivo de escarnio. Los continuos saltos de luz han estropeado la cámara donde guarda el queso y los embutidos, que después de una noche a temperatura ambiente se echan a perder.

«Lo he reparado cuatro veces, pero los repuestos son de mala calidad y siempre acabo con el género podrido». Conclusión, ya no vende queso. «Es un desgaste continuo, un ejercicio permanente de supervivencia». Atiende la tienda en solitario. «Tenía dos empleados, pero no les llegaba la plata y decidí completar sus sueldos con comida, que es en lo que se gasta aquí la gente el 80% del sueldo. Al final, ni eso fue suficiente». Como las otras víctimas de esta historia, Andrés ama a Venezuela. «Pero a menudo me siento desbordado. Uno se carga de esperanza, confía en que cambie el Gobierno; pero al día siguiente es peor», completa.

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